jueves 24 de noviembre de 2011

DESIGUAL


 
 Cuando la conocí, llevaba mil lustros
esperando la insurrección de las estrellas.
Sus piernas de diamante y su cursivo cuerpo cósmico,
poseían el virginal módulo de la luna en período de sexo.
Ojos de apremios, fragancia de acritud
y la alucinante música de los almíbares.
No había llegado a la vida,
y ya redimía el quehacer cotidiano
de imaginar cristales en los crepúsculos.
De vez en cuando me entrenaba en el peligro de mirarla.
Recorría la firmeza fermentada de su sociedad,
entre ovarios de grácil arco iris
y la desnudez de un himen contestatario.
Era fácil el florecimiento del éxtasis en su sombra.
Proyectaba una descarada redondez conspiradora,
artífice de conflictos en abstracciones sociales.
Nunca se apiñó con la corriente opresora
de discurso colectivo y clítoris revolucionarios.
Era definitivamente la identidad de la vanguardia.
Con metales de espumas y senos libertarios.
Los que vieron los muslos de su intelecto
sabían de su mustia transmutación efímera
y la ondulación adorable de sus banderas.
La última vez que nos vimos en puntillas,
me enseñó la agitación elocuente de su vagina,
donde escondía el turbulento futuro del planeta
y la protesta lacerada por la cordura.
Desde entonces vivo con la esperanza torturada
de hacer patria con su ingobernable recuerdo.


Filiberto Miño
New York