José Martí entre el amor y el absurdo

Martí y María Mantilla
“Amo las sonoridades difíciles y la sinceridad, aunque pueda parecer brutal. Todo lo que han de decir, ya lo sé, y me lo tengo contestado. He querido ser leal, y si pequé no me avergüenzo de haber pecado”. (J.M.)


 Hablar de José Martí es un conjunto de aproximaciones a las esencias del grande hombre. Sin embargo, sus facultades dirigentes y creadoras han hecho que los historiadores ahonden en la riqueza del pensamiento y producción literaria, y salten terceras. Pero como en un personaje público nada pertenece a lo privado, y menos, si su hacer o su decir afectan a otros muchos, en esta ocasión analizaremos los aspectos más controversiales de su vida sentimental. Para ello, acudiremos a varios expertos con opiniones diferentes y, algunos documentos que han sido muy resguardados (casi ocultos), para optimizar el intento.
Hablaremos de un tema espinoso: la relación del Apóstol con Carmen Miyares y su hija María Mantilla.

José Miguel Oviedo en su libro La niña de New York subraya: “Las Bibliografías martianas se refieren, por lo general muy discretamente, a la vida matrimonial del poeta, pero ignoran, disimulan o pasan por sobre ascuas cuando tienen que encarar la otra parte del mismo problema: en New York, Martí tuvo una larga relación amorosa con otra mujer, fruto de la cual es la niña llamada María Mantilla” 

Roberto Fernández Retamar dice en el prólogo para “Política de nuestra América”: “Para entonces, Martí se ha acercado a otra mujer viuda, en cuya casa de huéspedes ha vivido en New York, y cuyos hijos (especialmente la más pequeña, María, la cual vio nacer en 1980) querrá como los suyos: la cubana Carmen Miyares viuda de Mantilla”

Emilio Ichikawa apunta en su página web: “Cuando la esposa de Martí, Carmen Zayas Bazán llegó a Nueva York en diciembre de 1880 con el hijo de ambos, escuchó los rumores que su marido era el padre de María Mantilla” 


 Ahora vayamos a los hechos.  Martí al llegar a New York se hospedó en la casa de Miguel Fernández Ledesma, situada en el West de la calle 31 en Manhattan. Pero antes del mes se muda para la residencia de Manuel Mantilla y Carmen Miyares en el East de la calle 29. A unas  seis cuadras de distancia de la casa de Ledesma.
Manuel Mantilla era un hombre mayor que permanecía postrado en una silla de ruedas. Su esposa Carmen, para poder sobrevivir, había convertido la residencia en un  hospedaje. Tuvieron cuatro hijos: Manuel, Ernesto, Carmen y María. Manuel, el mayor, murió después de Martí luchando por Cuba junto a los Mambises.

Rubén Pérez Nápoles, en “Martí: el poeta armado”, describe a Manuel Mantilla de la siguiente manera:

—  “un anciano achacoso y estaba inválido, por lo que en la práctica difícilmente funcionaban las relaciones normales del matrimonio.”

La obra de Oviedo contiene una entrevista muy interesante con el actor César Romero, hijo de María Mantilla, y supuesto nieto de José Martí. El encuentro ocurrió en la ciudad de Los Ángeles; y a la pregunta de cómo y cuándo su madre se entera de que es la hija de Martí, el actor responde lo siguiente:

— “Le contaré a usted cómo lo supo ella: Ubaldina Guerra era esposa de Benjamín Guerra (Tesorero de la Junta Revolucionaria Cubana en New York y uno de los íntimos de Martí); ambos tenían una hija llamada también Ubaldina, pero a los que todos llamaban Ubita. Ubita era mi madrina. Ubaldina, la madre, había sido también muy amiga de mi abuela, Carmen Miyares de Mantilla, Carmita” — Y continúa — “Cuando Ubaldina tenía unos noventa y tantos años de edad, vino a visitar a mi madre, que por entonces estaba viviendo en New Jersey. En esa ocasión, mi padre, Cesar Romero, hizo un aparte con la vieja señora y le preguntó:
Martí, Pepito y su esposa Carmen
— Ubaldina ¿alguna vez Carmita te confesó que Martí era el padre de María? — Y ella respondió:
— Sí, yo estaba con Carmita cuando ella recibió la noticia de que Martí había muerto en Cuba. En medio de su dolor y su angustia, ella me lo contó. — Y mi padre le dijo:
— ¿Por qué no vas y le dices a María eso? — Y ella replicó:
— ¿Quiere decirme que ella no lo sabe todavía?
— No, no lo sabe. Todavía cree que fue su padrino, nada más. — Y María fue donde estaba María y le dijo.
Aquí hago un aparte, porque como Martí le sacaba poemas a casi todas sus amistades, salí en busca de algo referente a estas damas y encontré los siguientes versos:

A Ubaldina y Benjamín Guerra

Un hombre purificado
Por la virtud de su pueblo,
Con sus manos de sol vivo
Fabrica una flor de hielo,
Y la pone en los umbrales
De sus dos amigos tiernos.

New York, 25 de diciembre de 1982

Y el otro poema está dedicado a Ubita y a su hermana Panchita por haberle llevado un ramo de flores en los días en que estuvo enfermo.

A Ubita y Panchita

Pinta mi amigo el pintor
Sus ángeles dorados
En nubes arrodillados
Con soles alrededor.
Píntame con sus pinceles
 Dos angelitos medrosos
Que me trajeron piadosos
Sus dos ramos de claveles.



Carmen Miyares


  Continuamos. En 1990, Nydia Sarabia, en su libro “La patriota del silencio: Carmen Miyares”, Editorial de Ciencias Sociales, de la Universidad de La Habana, muestra una carta que  María Mantilla le escribió a Gonzalo de Quesada y la respuesta de éste, donde se aborda también el tema de la paternidad de Martí. Como sabemos, Gonzalo era no sólo uno de los mejores amigos de Martí, sino también la persona que se ocupó de recopilar todos sus escritos. Las misivas dicen lo siguiente:

Querido Gonzalo:
Usted pensará que por qué le escribo hoy esta carta, a lo cual le diré lo siguiente. Ayer he recibido el número de Patria de enero, y puede usted suponer mi asombro al leer la declaración del doctor Alfredo Vicente Martí —que presume llamarse «nieto» de José Martí. ¿Quién es este señor? que ha dejado pasar tantos años sin darse a conocer. Yo, con toda la autorización que poseo le aseguro que nada de esto puede ser verdad.
Yo, como usted sabe, soy la hija de Martí, y mis cuatro hijos, María Teresa, César, Graciela y Eduardo Romero, son los únicos nietos de José Martí. Desde el año 1880, año en que yo nací, Martí vivió en mi casa, rodeándome de infinito amor y protección espiritual, con una devoción entrañable, hasta el día en el año 1895 que salió para Santo Domingo para juntarse con Máximo Gómez, y luego el famoso desembarque en Cuba. Usted me preguntará ¿por qué este relato mío? Porque tengo [que] defender el nombre de mi padre, ante los cubanos que veneran la memoria y el nombre de José Martí. Yo sé, Gonzalo, que usted conociendo tan bien la historia de la vida de Martí, dará todos los pasos necesarios para rectificar estar falsa declaración del doctor Alfredo Vicente (¿Martí?), y también quiero dar a conocer los nombres de los cuatro biznietos de Martí: Robert y Holly Hope —hijos de Graciela— y Victoria María y Martí —las hijas de Eduardo.
Le aseguro que este asunto me ha causado mucho pesar, y realizando que no me quedan muchos años más de vida, quiero dar a conocer al mundo este secreto que guardo en el corazón con tanto orgullo y satisfacción.
Espero me perdone este desahogo del alma, que siento tan necesario en este momento.
Mis recuerdos a Elvira y para usted el afecto sincero de su amiga
María Mantilla de Romero

La respuesta de Gonzalo.

Mi querida María:
Acabo de recibir su carta del 12 de febrero y mucho le agradezco la gran prueba de confianza que pone usted en mí, al tratar con amplitud el asunto del supuesto nieto de Martí, Alfredo Vicente y Martí.
En cuanto a lo que usted dice que yo dé los pasos necesarios para rectificar la falsa declaración de ese señor, no acabo de entender exactamente lo que usted piense que yo pudiera hacer, ya que desde el primer momento puse en duda sus afirmaciones y sostengo que a él corresponde demostrar su parentesco con Martí que yo verdaderamente creo no existe.
Hablando con toda franqueza, y teniendo en cuenta lo delicado que resulta esta cuestión, y siempre hay que pensar que alguien pueda, quizás el propio Vicente Martí plantear la pregunta: ¿cuáles son los elementos con que cuenta la señora María Mantilla para sostener que es hija de Martí?
Todos sabemos que usted lo es, y que si por ejemplo nosotros los Quesada nunca lo hemos expresado públicamente es porque no ha sido hasta ahora en que usted autoriza y hasta desea que se haga saber, aunque bien es cierto que ya César lo declaró hace años en carta a Virgilio Ferrer Gutiérrez y recientemente en el Jack Paar Show en La Habana.
Yo creo, pues, de estar usted resuelta de revelar este secreto que en realidad no lo es pero que viniendo la revelación de parte suya cobra especial significación, que lo único que podría hacer en este caso es un artículo mío, preferentemente para la revista Bohemia o Carteles, y que yo lo titularía «“Soy la única hija de José Martí”, afirma María Mantilla». Podría servir de base para el artículo la reproducción de su carta o cualquier otra que usted me mandase AUTORIZÁNDOME EXPRESA Y EXCLUSIVAMENTE PARA DAR A CONOCER ESA NOTICIA. Además sería de gran efecto periodístico una foto con sus cuatro hijos y las fotos de los biznietos de Martí. ESTO ES MUY IMPORTANTE pues haría el trabajo interesante y simpático al público.
Creo que no tengo que decirle con cuánto cariño y respeto trataría yo el tema. Ahora bien, yo a nadie le he hablado sobre su carta, y le ruego pues que no vaya a tratar este asunto con otras personas y pseudomartianos.
Le repito, querida María, que estoy a su entera disposición y haré lo que usted crea conveniente. Agradeciéndole una vez más la confianza en mí, con un saludo muy afectuoso de Elvira, mis hijos, quedo siempre su viejo amigo
Gonzalo de Quesada y Miranda

María Mantilla, su esposo y el hijo César Romero

Ahora, la pregunta que cualquier lector se haría: ¿y Martí nunca se enteró del chismorreo que existía a su alrededor con el asunto de Carmen Miyares y su hija? Y la respuesta es sí. Claro que lo supo. Por esto traigo a colación una carta que fue publicada el 2 de enero de 1989 en el cuaderno Patria, de la Universidad de La Habana, escrita por Martí para Victoria Smith, una prima de Carmen que vivía en Venezuela. La misiva se refiere a los comentarios que rondaban en aquel momento acerca de su posible relación con Carmen Miyares. Esto es algo de la carta:

— “Aplaudo que si sospecha que Carmita intenta consagrarme la vida, desee usted apartarla de un camino donde no recogerá deshonor, porque a mi lado no es posible que lo haya, pero sí todo género de angustias y desdichas. Y si en el mundo hay para ella una salida de felicidad, dígamela y yo la ayudaré en ella. Pero usted no tiene el derecho de suponer que lo que mi cariño me obligue a hacer por la mujer del hombre que me estimó y sus hijos huérfanos es la paga indecorosa de un favor de amor” — Evidentemente esta carta está hecha después de la muerte de Manuel Mantilla. Y en otro párrafo señala:

“…si alguna mala persona, que a juzgar por la estimación creciente de que ella por su parte y yo por la mía vivimos rodeados, sospecha sin justificación posible y contra toda apariencia que ella recibe de mí un favor que la manche, eso Victoria, será una de tantas maldades, mucho menos imputables y propaladas  que otras, que hieren sin compasión años enteros a personas indudablemente buenas, que las soportan en calma.”

 En el libro de versos de Martí “Polvo de alas de mariposa” encontré los siguientes versos, que pueden o no, estar relacionados.


Palabras? Ya sé: palabras,
No me la puedes decir;
Pero mirarme si puedes:
¡Basta para vivir!


Con su ahijada María Mantilla mantuvo siempre una relación muy cercana. No dejó de orientarla en todos los aspectos de la vida. Aspiraba a que la niña, que ya cuando él parte para la guerra tenía quince años, fuera traductora, una buena traductora. Y le indicaba libros para que empezara, la animaba, peros sin dejar a un lado algunos consejos de tipo personal como éste:

“Para la gente común, su poco de música común, porque es un pecado en este mundo tener la cabeza un poco más alta que los demás, y hay que hablar la lengua de todos, aunque sea ruin, para que no hagan pagar demasiado caro la superioridad. Pero para uno, en su interior, en la libertad de su casa, lo puro y lo alto”.

  Por mi parte debo enfatizar que, aunque no soy historiador ni lo pretendo; después de leer decenas de escritos al respeto,  he llegado a la conclusión que toda esta historia sobre la paternidad de Martí es un invento, para no decir una infamia.  
Primero, porque  Martí llega a New York el 3 de enero de 1880 y María Mantilla nace el 28 de noviembre de 1880; o sea  que la niña fue engendrada antes del mes de marzo. A más tardar en febrero. Y si tenemos en cuenta que  Martí vivió varios días en casa de Miguel Fernández Ledesma, antes de mudarse para el hospedaje de Manuel, los números no cuadran. Tendríamos que estar hablando de una relación atómica que no concuerda con la época. Y segundo, porque la “confirmación” nace de una persona nonagenaria, en al año 1935, cuando María tiene más de cincuenta años. Si existió romance, cosa que dudo, fue después de la muerte de Manuel Mantilla en 1985.
  Lo que sí es innegable, es que José Martí fue el hombre más envidiado y calumniado de todos los cubanos. Una buena parte de ellos nunca le perdonó su grandeza. Algo parecido a lo que le sucedió a Miranda en Venezuela.

   Pero los comentarios sí afectaron seriamente su matrimonio con la camagüeyana Carmen Zayas-Bazán. La prueba está en que las crisis fueron seguidas. Una tras otra. Carmen viene a New York en marzo de 1980 — ya Pepito, el hijo de ambos, tenía dos años — y regresa disgustada en octubre del mismo año. Luego vuelve en diciembre de 1982 y se marcha en marzo de 1985. Y por último, regresa en junio de 1891 para tratar de salvar el matrimonio, empujada prácticamente por Doña Leonor, la madre de Martí, y se va definitivamente dos meses después. Esta vez Martí queda muy enojado porque ella acudió, sin su consentimiento, al Consulado Español a pedir permiso para regresar a Cuba.
No caben dudas de que la ruptura total del matrimonio afectó al Apóstol considerablemente, pero también lo liberó de una inmensa carga emocional. Llegó a escribir:

“Y me arrancaré tu amor que me duele, como un zorro cogido en una trampa se amputa con sus dientes el miembro preso. Y me iré por el mundo sangrando; pero libre.”

José Francisco Martí Zayas Bazán
(Pepito)

 La separación no fue tan dolorosa como la separación forzosa con el hijo que adoraba. Escribió montones de cosas dedicadas a él. Incluso su famoso Ismaelillo nace de esta crisis. En su prólogo dice:

    “Hijo:
         Espantado de todo me refugio en tí.
  Tengo fe en el mejoramiento humano, en la vida futura, en la utilidad de la virtud, y en tí.
         Si alguien te dice que estas páginas se parecen a otras páginas, diles que te amo demasiado para profanarte así. Tal como aquí te pinto, tal te han visto mis ojos. Con esos arreos de gala te me has aparecido. Cuando he cesado de verte en una forma, he cesado de pintarte. Esos riachuelos han pasado por mi corazón.
         ¡Lleguen al tuyo!”

  Desgraciadamente con la separación  se enfrió su relación con el niño. Sufrió mucho. Estaba convencido de la responsabilidad de Carmen en dicho enfriamiento. Llegó a escribir un poema desgarrador:

¡Dios las maldiga! ¡Hay madres en el mundo
Que apartan a los padres de sus hijos:
Y preparan al mal sus almas blancas
Y les derraman el odio en los oídos!
¡Dios las maldiga! Oh, cielo, ¿no tendrás
Un Dios más cruel que las maldiga más?

Y también se reprochó su actitud ante María García Granados, “La Niña de Guatemala”:

“Y pensar que sacrifiqué a la  pobrecita María, por Carmen, que ha subido las escaleras del Consulado Español, para pedir protección de mí:

Poco se ha dicho, pero en el año 1953, Fulgencio Batista invitó a Cuba a María Mantilla a los actos especiales por el centenario del nacimiento de José Martí. En esa ocasión María le entregó a Batista numerosas cartas y el grillete de hierro que llevó Martí en la prisión.


FIN

Carmen Zayas-Bazán
"Es tan bella mi Carmen, es tan bella,
que si el cielo la atmósfera vacía
dejase de su luz, dice una estrella
que en el alma de Carmen la hallaría".






María García Granados
(La niña de Guatemala)


“Ella, por volverlo a ver,
salió a verlo al mirador;
él volvió con su mujer,
ella se murió de amor.”





"Temblé una vez —en la reja,
A la entrada de la viña,—
Cuando la bárbara abeja
Picó en la frente a mi niña."






Carmen Miyares


Y tú, pobre mujer que sacudiste

Las cuerdas duras de mi lira, ¡Gracias!


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