Cuando los años pasan

"Chorro del Indio". Táchira, Venezuela
Cuando murió la madre de Jorge Luís Borges a la edad de 99 años, una vecina se acercó al escritor durante el sepelio y le dijo:

— Qué pena, un poco más y llega a los cien. — A lo que el escritor repuso:

— Me parece que exagera usted el prestigio del sistema decimal.

La vida es breve como un relámpago. Morir tardíamente como doña Leonor Acevedo, madre de Borges, es el deseo de la mayoría. Sin embargo, ver en retrospectiva nuestra brevedad, es un desafío. ¡Afloran tantas contradicciones!

Ayer tuve en las manos una  foto mía. Tiene muchos años. Estoy con las manos cruzadas encima de una montaña azulosa de los Andes venezolanos. Cerca del “Chorro del Indio”. Los sembradíos apretados y simétricos se aprecian  distantes. Lejos del tráfico del mundo.  El paisaje es como una música en verde.

Me bastó mirarla un rato para que la historia de aquel hombre se armara ante mis ojos. Busqué en la memoria sus gestos, su manera de pensar, sus voces. Quería también verlo por dentro.

Encontré una voz alta que debía molestar sobremanera. Un caminar de pasos nerviosos en forma de zancadas. Una gesticulación irritante. Y una peligrosa  alucinación albergada secretamente en su interior: quería ser  un “Homo Universalis”.

En la imagen se nota un brillo desafiante, escandaloso, que no me pertenece. Yo intento ser discreto. Ni siquiera aprecio en él un espacio mínimo para el imaginario utópico. Pero ahí estaba: flacuchento, erguido como una jirafa, con ropa de colorines, gafas Ray-Ban y un anillo de oro aparente.  Ese no puedo ser yo, me dije. ¡Qué va! Esa persona está clavada en otro tiempo, quizá, o en ningún tiempo.

Estuve un buen rato extasiado con mi supuesto “yo” en Central Park. Aprovechando que el invierno ahuyenta a los turistas. En estos días el paisaje se desfigura. Todo está pelado. El viento, con sus gritos lejanos, como voces de muertos que exigen venganza, llega con sus hojas arrancadas, solemne, temido, fiero. Él sabe que todo está listo para el funeral de la nieve.

Aquel otro — que  nada tiene que ver conmigo  — había recibido durante su vida tantas doctrinas, tantos absurdos, que no sabía cuáles entre ellos, eran los que efectivamente se ajustaban a su pensar. Y se habituó a vivir desde pseudocreencias, que casi siempre falsifican la existencia.  Si algo aprendemos con los años es que la vaguedad resiste poco, y poco disimula.

Su mayor ingenuidad es haber creído que la política es lo que parece ser. No entendió que en la realidad humana funciona un sinfín de vectores ocultos, imprevisibles, que a veces empujan a carreras imposibles de ganar.

Jamás lo vi detenerse en un parque o en una plaza para echarles comida a las palomas, a las zorritas, a las marmotas. . ¡Tan bellos que son los animales! Ni recoger un periódico que alguien irresponsablemente botara en la acera. Lo avisté de prisa, agitado; como si el mundo tuviera fecha de vencimiento.

En su defensa diré que era alguien necesitado de proclamar y confirmar su existencia. Un prisionero de las influencias superficiales, de las tendencias habituales, del condicionamiento. Un hombre que sólo podía funcionar con un punto de referencia exterior; proyectado por el mismo, y falsamente percibido.

Yo por el contrario,  asumo la vida con mucha calma. Si veo un pájaro, por ejemplo, pienso: ¡Qué hermoso! Y me quedo como lelo mirándolo. Lo mismo hago con las luces de la ciudad. Como si las luces fueran  el eco de todos los pájaros.

Este otro no es así. Ni remotamente. Él ni siquiera espera que el continuo vaivén de los sucesos despeje la incertidumbre del mañana. Y prefiere actuar, enrollarse, buscar problemas nuevos. Con lo hermoso que es ver cómo pasan las cosas desde un buen sofá. ¡El gran placer de la quietud!

Lógicamente,  un hombre como él sufre muchas desilusiones. Desengaños desgranados de sus propias expectativas. No sólo por exageradas, sino porque el tiempo también ajusta los límites, las metas, los resultados. Le ha sucedido al pueblo francés que durante varios siglos ha creído ser, acaso con razón, que es el pueblo que mejor escribe; sin embargo, no puede vivir de la literatura.

Cuando nos adentramos en la vida y nos acercamos a la última recta, comenzamos a fijar el tiempo pero sin remediarlo. Ya no luchamos por evitar la inmovilidad. Y las ideas, los sentimientos, las teorías de los jóvenes, tratamos de entenderlas, pero no lo logramos. Una barrera infranqueable nos separa de las nuevas generaciones y a veces, hasta de nuestro ayer.

Sin darnos demasiada cuenta vamos convirtiéndonos en un caballero de voz pausada, cabellos ralos, y un figura maltratada con cierto disimulo para no provocar transiciones bruscas.

Entonces  se estructura de tal forma la imaginación que no permite que busquemos el sentido de la existencia — como ocurría antes — en una marca de ropa, en una prenda, en un modelo de auto, o en las mujeres más bonitas. Eso sí, aprendemos que no es necesario ser rico, guapo, perfecto, para hallar paz, armonía, gozo. Abraham Hicks apuntaba: “La prueba del éxito es la dicha”.

Hay un libro, “You’re looking well”, escrito por un reconocido biólogo inglés, Lewis Wolpert, que relata hallazgos científicos  sorprendentes sobre la vejez. No es el resumen de una encuesta o algo parecido. Son resultados cien-tí-fi-cos. Y lo encontré accidentalmente. No porque ande buscado  información en ese sentido. Para mí la vejez, las arruguitas y esas cosas, son sólo nimiedades.

Pues bien, Lewis dice que como la mayoría de los mortales, la vejez lo tomó por sorpresa. Y se pregunta: ¿Cómo puede un joven de 18 años convertirse en un viejo de 81? (Él tenía 81 cuando escribió la obra)

El libro explica que la clave para la prolongación de la vida es el optimismo. Y que la felicidad, que parecía esquiva en la vejez, tiene su pico más alto a los 74. Porque a esa edad las personas tienen menos eventos estresantes en el trabajo, menos conflictos con su pareja, y ya no sienten la necesidad de agradar a los demás.

Aconseja  no pensar en la vejez; porque quienes temprano en la vida la ven como una pesadilla tienen, cuando viejos, más riesgo de infarto y otros problemas cardiacos.

Las mujeres están exentas de este problema después de las recomendaciones  de Agata Christi: — “Cásate con un arqueólogo. Cuanto más vieja te hagas, más encantadora te encontrará”.

A la foto no le daré más importancia. Una fotografía es tan solo un vestigio, como cualquier manifestación impresa, que sólo prueba la resistencia a desaparecer. Y ese otro no es más que una pequeña construcción hecha dentro de mí con pedazos de recuerdos. 

Mientras concluyo estas líneas, la sirena de una ambulancia amenaza con invadir la zona. Tal vez para que no siga buscándome en el juego de la sinceridad. Luego, cuando se aleje, terminará hundiéndose en la uniformidad monótona de los demás ruidos. Pero mientras, ¡cómo jode!