kilo - 7

“Una injuria queda sin reparar cuando su
 justo castigo perjudica al vengador”  
Edgar Allan Poe (El Barril de amontillado)

Kilo - 7 era una copia mejorada de un Campo de Concentración. Cercada con alambre de púa, sistema de garitas de vigilancia, bombillas de largo alcance, y galeras enrejadas en su interior. Además de un grupo de caninos debidamente entrenados  en los alrededores. Posteriormente fue encerrada entre muros de concreto.

Muchos llamaban a esta cárcel el “Alcatraz cubano”  por su alta peligrosidad. La terrible fama la adquirió cuando  los presos más violentos de Cuba— durante la década del 70  —  fueron ubicados en sus instalaciones.  Originando una terrible guerra entre habaneros y camagüeyanos que produjo decenas de muertos.


 El gobierno cubano ocultó la matanza utilizando cualquier cantidad de pretextos. Incluso intimidando a los familiares de las víctimas. Los escasos detalles que surgieron muchos años más tarde, ya estaban convenientemente tergiversados por el Departamento de Cárcel y Prisiones  para aminorar el escándalo.

 Sin embargo, los que fuimos testigos presenciales del episodio supimos que la Seguridad del Estado diseñó en sus laboratorios la sangrienta  batalla con el objetivo de disminuir la superpoblación penal: — ¡Qué se maten entre ellos!

Presento los hechos  tal y como ocurrieron. Con los  nombres reales de los protagonistas. Militares y reclusos.   Respetando, claro,  la memoria de los caídos de manera atroz. Fundamentalmente habaneros.


- I  -



“Bruscamente, como sobreviven las cosas 
que no se conciben por su  aterradora injusticia” 
 Horacio Quiroga (El desierto)


Dicen que los presos tienen una fuerza exquisita al verse totalmente desposeídos, para encontrar lejos del atributo, la real belleza de la muerte. Sin embargo, nadie hace más esfuerzo para no morir que un preso.

Gumersindo Filió, un  escogido por el Departamento de Cárcel y Prisiones para mantener el orden en el penal más peligroso de Cuba en la década del 70 recibió ochenta y siete puñaladas, según el informe forense. Para muchos, él fue el principal culpable del conflicto entre habaneros y camagüeyanos.

A Filió lo asesinaron un miércoles. En el penal todo era confusión, contrariedad, caos. Quedó anegado en sangre y con los ojos en un magnifico delirio. En  su galera la humilde luz de la ventana se asomaba tímidamente para que su imagen disimulara la horrible muerte. ¡Ochenta y siete puñaladas! Michel Foucault, quien escribió un interesante libro, “La vida de los hombres infames”, no vio la escena. Hubiese ampliado la descripción.  

De la cabeza  a los pies no quedó un área que no probara el sabor del metal. En la galera todos fueron obligados a punzarlo. Incluso después de muerto. Y quien se negara, corría el riesgo de pasar también a “mejor vida." La responsabilidad compartida funcionaba como  un acto de amparo para los verdaderos culpables.

El cuchillo  era artesanal. Confeccionado con un triángulo metálico de cama. Esos que forman parte de las patas. Afilado con paciencia durante varios días para que asumiera una forma letal. Medía unos 50 cm de largo con  un mango  envuelto en pedazos de sábanas.

     Después de aquella ejecución vino el remolque del cadáver. Lo arrastraron como un trofeo por toda la galera. Para un lado y para otro. Parecía un muñeco de trapo.

Y cuando el guardia abrió la reja para que lo sacaran, hicieron lo mismo  en el patio. La idea era que el resto de las galeras apreciara a  un Gumersindo Filió destrozado, insignificante, fúnebre. Mientras que el rastro rojo de su sangre iba soltando pesgostes en la hierba.

Los guardias observaban sin interrupción. Como si la faena hubiese sido autorizada de antemano por sus superiores. Los gritos desde las ventanas eran de guerra. Algunos chocaban metales contra las rejas para aumentar la algazara.  Su cadáver producía regocijo. Filió había tomado partido al lado de los habaneros en la guerra y ahora le cobraban la factura. Con su muerte, desaparecía no sólo  el hombre más temido de la prisión, sino también  el más apañado por la Seguridad del Estado.

Gumersindo Filió era un hombre alto, prieto, sobre lo delgado, de unos 45 años. Decían que era pichón de haitiano por la forma en que manejaba el machete, pero en realidad nadie sabía su verdadera procedencia. Había llegado a Kilo -7 con 135 años de condena y tres muertos en su record. Pero desde su arribo, el Ministerio del Interior consideró que era el preso ideal para meter en cintura a la cárcel más peligrosa de Cuba.

De esta forma Filió se convirtió en todo un personaje. El Ministerio del Interior le pagaba el pasaje de avión para que visitara a su familia en Oriente (todos los meses), le permitían tener un machete para su defensa, guardaespaldas,  y la facultad de hacer lo que le diera la gana dentro del penal. Llegó a tener tanto poder que hasta los guardias le temían.

Debo señalar que aunque los presos políticos ocupábamos dos galeras dentro del mismo penal, jamás fuimos molestados por él o alguno de sus secuaces. Nosotros sabíamos mantener las distancias. Aunque fuimos testigos de los pavorosos hechos.

Una de las inclinaciones  de Filió era rodearse de habaneros. Los lugartenientes y allegados eran capitalinos que no le perdían pies ni pisadas. Siempre andaba rodeado de matones.  Pero como en el lejano oeste, a cada buen pistolero le sale un desafiante, y a Filió le ocurrió.

“El Ronco” un joven de 22 años procedente de Ciego de Ávila, no sólo lo desafió, sino que puso todo su poder en entredicho. El choque, alentado por el gobierno cubano,  fue el detonante de una  guerra que venía cocinándose en silencio. Además, se cumplió el viejo adagio: “el destino siempre está dispuesto a sazonar las cosas con imprevistos”.


- II –



“La prisión me había robado la libertad
 pero no los recuerdos” Nelson Mandela


Hablemos del lugar y las circunstancias donde se desarrolla la escena: Kilo - 7.

El Director de Kilo - 7 por aquellos años era el teniente Pedro Pon. Un hombre bruto y temible que no vacilaba en matar sin ruborizarse siquiera y que después de la guerra fue ascendido a capitán.

 Su robusto cuello, la inyección de sangre permanente en los ojos, y los dos dientes que le sobresalían del labio inferior, hacían que su físico  armonizara perfectamente con la repugnancia que acusaba. Para los confinados era un canalla en todo su esplendor. Con los presos políticos fue implacable.

 La guarnición del penal era numerosa, pero deficiente en estudios y preparación. Por lo general pueblerinos traídos de remotos lugares sin un mínimo de adiestramiento. Algunos apenas sabían hablar correctamente. 

Las galeras estaban distribuidas por pares en cada pequeño edificio. Una encima de la otra. Una angosta escalera exterior daba a un amplio patio en forma de silueta. El comedor, la cocina y la enfermería se encontraban al frente. En cada galera se hacinaban más de cien reclusos.

Las camas estilo literas, de tres pisos, estaban alineadas en dos hileras con un esquelético pasillo en el centro. En el fondo, unas duchas descubiertas y varios hoyos incrustados en el piso cubrían las necesidades.

La monotonía normal del presidio sólo se rompía los sábados. Ese día los presos comunes organizaban fiestas que denominaban “el día del guaguancó”.

En cada galera se instalaban con latas, cucharas, maderas y arrancaban a tocar. Le echaban mano a lo que fuera para alegrarse. O lo que  hubiesen recolectado. El alcohol de la enfermería, la marihuana que introducían sus familiares, o algunas pastillas sin denominación.   El último bombillo del fondo lo cubrían con un trapo para que bajara la intensidad de la iluminación; y así, a media luz, se disparaba la rumba y la adoración a sus dioses.

Entre ellos predominaba la Santería como religión. O más bien una mezcla de Yoruba y  catolicismo. Sus dioses (los Orichas) al sincretizarse con el Catolicismo cambiaban de nombre. De esta manera Santa Bárbara es Changó, Yemayá es La Virgen de Regla, y así sucesivamente. En la prisión común las ciencias ocultas eran prácticamente una filosofía de vida.

En Kilo - 7 la violencia tenía su propia lógica y era tan razonable como el vestir. En el momento mismo que la voluntad de matar se impone como única solución, las bestias más salvajes tratan de ponerse a salvo de la ferocidad humana. Los sabios dicen que no hay peor monstruosidad que la cólera de los hombres. Y allí estaba presente. 


- III -

   
“El sol bajo invernal estaba casi ciego”
Anne Perry (El secreto de Cottisham)


     El búho es un ave rapaz que disfruta con ser siniestro. Tiene dos mechones de plumas erectos con aspecto de oreja y cercos alrededor de los ojos, incompletos por debajo. Dice la leyenda que si se oye su canto se aproxima algún acontecimiento terrible para quien lo escuche. Al Ronco, varios de sus allegados le llamaban el “Búho”. Su nombre real nunca lo supe. Sólo los motes.

El Ronco se encontraba preso desde la edad de 12 años. Estuvo hasta los 18 en una cárcel de menores y luego continuó en Kilo – 7. Había sido condenado a 30 años por haber matado a una persona. Posteriormente en la prisión mató a otras dos.

A Kilo – 7  llegó como los “duros”. De manera brutal. Su primera víctima fue  uno de los principales cabecillas de los habaneros conocido con el sobrenombre de Quijá. A esta persona  le abrió la cara desde la oreja hasta los labios. Y una semana más tarde macheteó a otro capitalino en pleno comedor. El hombre había sido músico profesional y estaba próximo a cumplir su condena. En la broca perdió un brazo.

Como El Ronco era de Ciego de Ávila, enseguida comenzó a liderar al resto de reclusos de esa ciudad y formó una especie de ganga. Los Avileños” vendían droga, construían armas blancas para la venta, y controlaban el alcohol de la enfermería. El segundo al mando de la banda lo llamaban Beleño.

El Ronco  se convirtió rápidamente en un hombre muy temido. Esto abrió las expectativas para que todos empezaran a mencionarlo como el sustituto de Gumersindo Filió. Incluso la dirección del penal lo visualizaba como el hombre que podía iniciar la guerra que estaban planificando para disminuir el exceso de reclusos en la provincia de Camagüey.

La idea era del Ministro del Interior Sergio del Valle. Luego en Camagüey el Departamento de Cárcel y Prisiones  escribió el libreto de la guerra bajo las órdenes de un capitán de apellido Lemus.

Un día el Director del penal  invitó al Ronco a su oficina. Allí  le hizo varios elogios  y lo nombró jefe de un nuevo grupo de trabajo que fabricaría  piezas de concretos. El cargo, más el reconocimiento del director,  lo envalentonaron aún más y  el joven multiplicó sus atrevimientos.

El Ronco era de mediana estatura y su musculada delgadez le daba una exacta apariencia de agilidad, reafirmada por la firmeza de sus miembros nudosos. Mulato, de expresión grave, y unos ojos grises que no consentían la serenidad. Yo hablé con él en dos ocasiones (sobre ajedrez) y me dio la impresión que era ese tipo de hombre convencido de que la virilidad del macho depende de la fuerza de su apretón de manos.

Al Ronco  la vida le había amargado prematuramente  su espíritu. Y el sabor amargo y salado del crimen había quitado de su paladar la insipidez,  animándolo a la muerte.  Por eso su posible choque con Gumersindo Filió acaparó no sólo la atención de los presos, sino también la de Seguridad del Estado. Era un choque de trenes. Las autoridades habían intrigado lo suficiente para que se diera la pelea. Ellos sabían que a la larga, podía ser el preludio de una “provechosa” matazón.  

El primer encontronazo entre Gumersindo Filió y El Ronco ocurrió en el comedor. Aunque sólo se dijeron algunas palabras de poca importancia. La gravedad del encuentro vino después cuando El Ronco fue a su galera y a través de la reja lo insultó de mala manera. Hasta le mentó la madre.

 Filió se limitó a escucharlo sin decir una palabra. Sólo cuando El Ronco terminó dijo.

— Hoy comienza la verdadera guerra entre nosotros.

— Entonces el que mata gana. — Repuso El Ronco.

— El que mata gana. — Contestó Filió. 


- IV-

 
“Con la espléndida vehemencia de la juventud 
rechazaban la idea de perder” Bioy Cáceres.


La tarde que mataron a El Ronco estuvo parcialmente soleada. Alguna que otra nubecilla de vez en cuando simulaba bajar, mientras que una brisa del norte acariciaba el cercado.  Era domingo y día de visita. Y el constante movimiento de presos en el patio le daba un cariz diferente al penal.  Los reclusos regresaban con bolsas de alimentos  que la familia  forrajeaba para palear la hambruna.

Gumersindo Filió había planificado su muerte. Estudió bien sus movimientos y sabía que al regresar de la visita siempre subía a hablar con sus paisanos del segundo nivel.  Allí conversaba un rato y  les regalaba cualquier bobería. Al Ronco lo visitaba su madre y una hermana.

El día en que lo mataron siguió la pauta. El plan de Filió no falló. El Ronco entró, subió la escalera y fue directo a saludar a los Avileños con dos bolsas en la mano. Eran las 3.45 de la tarde.

Filió había convencido previamente a Quijá — quien vivía resentido por su cara cortada — para que lo matara. Él debía esconderse en el patio y cuando El Ronco subiera, alguien en la galera de abajo le pasaría un cuchillo.

Todo ocurrió en un abrir y cerrar de ojos. Cuando El Ronco miró hacia atrás, completamente confundido al ver a Quijá,  dejó caer las bolsas en el piso, pero ya el habanero estaba frente a él decidido, fiero, con el arma levantada.

La primera puñalada fue en la parte izquierda del hombro, muy cerca del corazón. La segunda en el estómago. Entonces perdió el balance y cayó. Un hilillo de sangre brotó de su boca mientras se desplomaba. La tercera herida en el cuello, prácticamente innecesaria, lo hizo rodar varios escalones y cayó.

Quijá bajó la escalera gritando un montón de insultos. Al llegar abajo lanzó el cuchillo y se paró en el centro del patio a vociferar.
:
— Al fin maté al Ronco. Lo maté.

     La guarnición vino con las bayonetas en la mano y acordonó el área. Los presos que regresaban de la visita fueron trancados en el comedor. Mientras Quijá continuaba gruñendo en el centro del patio.

-Yo lo maté. Ya maté a ese hijo de puta.

El ruido que salía de las galeras era enardecedor. Los presos vertían una lluvia de ofensas sobre Quijá. Los más enfurecidos eran los Avileños que no dejaban de gritar a coro:

— ¡A matar habaneros! ¡A matar habaneros!

 “Basta con que un hombre odie a otro para que el odio vaya corriendo hasta la humanidad entera.” Decía Sartre.

Esa noche murieron varios habaneros en diferentes galeras. La arremetida de los Avileños no tuvo fin.  A Quijá  la guardia lo sacó a toda prisa del penal. Vivió aislado en una celda durante tres días. Allí lo mataron. Nunca se conoció el nombre del autor.

 El grito de guerra de los Avileños duró varias semanas. Se escuchaba por doquier. 

— ¡A matar habaneros!

Llegó un momento que la situación se le fue de las manos a la guardia y tuvo que venir refuerzo. Las tropas del Ministerio del Interior tomaron el centro y agruparon a los habaneros, que aún no habían sido lastimados, en una misma galera. Los heridos fueron trasladados a la capital.

 El mismo día de la muerte de El Ronco a Gumersindo Filió  lo sacaron custodiado por una docena de guardias para evitar que lo lincharan. Lo ubicaron en una celda vigilado día y noche. Su cabeza era la más solicitada por los Avileños. Sabían que había sido el autor intelectual de la muerte del jefe y su cabeza se convirtió en un trofeo que todos querían alcanzar.

Así prendieron las antorchas de la guerra contra los habaneros.   La beligerancia también se extendió a otras prisiones de la provincia. Incluso a las llamadas Granjas de menor seguridad.  El sistema penitenciario se contagió por completo. Hasta La Habana llegaron las repercusiones.

Por un buen tiempo los habaneros no estuvieron seguros en ningún lugar de la provincia Camagüey. Hubo muertos en todas partes.  Cumpliéndose así  los cálculos del Ministerio del Interior.

 Posteriormente,  por presión familiar, trasladaron hacia La Habana a todos los capitalinos que habían salido ilesos de la confrontación.

Sin embargo, para que todo saliera como el Ministerio  había planificado, era necesario que Gumersindo Filió también muriera. Por eso cuando él pidió entrar de nuevo al penal, después de varios días de aislamiento, no le pusieron objeciones. Aunque todos sabían que lo estaban esperando para matarlo. Entró y lo masacraron.¡Ochenta y siete puñaladas!


Este relato  forma parte de HISTORIAS CORTAS