Cuba, España y el voyeurismo

“La vida en la tierra sale bastante barata.
 Por los sueños, por ejemplo, no se paga ni un céntimo.
 Por las ilusiones, sólo cuando se pierden.
Por poseer un cuerpo, se paga con el cuerpo. 
Wislawa Szymborka
Poetisa polaca 


El voyeurismo (del francés voir, ver) tiene su origen en Egipto alrededor del año 2600 a.C. El primer episodio que se conoce ocurrió durante una “Fiesta de Renovación”. Una actividad social que consistía en la coronación del Faraón como Rey. En medio de la ceremonia un sacerdote que presidía el cotejo que visitaba las capillas de los Dioses, se escondió detrás de una cortina para observar las piernas de las mujeres descuidadas.

La contemplación le produjo un flujo de pensamientos perturbadores que impulsó su imaginación a galopar por los campos de la fantasía. Y cuando sintió la necesidad de encontrar un punto de apoyo, se masturbó. Los expertos señalan que la autocomplacencia, en estos casos,  puede mejorar el comportamiento individual; sin embargo, al hombre lo quemaron vivo.
   
Nadie sabe con exactitud cómo llega la noticia a España, pero en la madre patria surgieron numerosos seguidores. Allí se amplía el Modus observandi y comienzan a utilizarse las hendijas, las ventanas, los árboles.  No obstante, es en Cuba, varios siglos después, cuando  el voyeurista español (fundamentalmente gallego y asturiano) divulga  sus habilidades.

 Los cubanos  convierten la práctica en un oficio y al nuevo ejecutante lo denominan mirahueco. Y ya  en el siglo XX aparece como un rascabuchador sin límites, como algo que empieza entonces, y que no acabará nunca. 


Una las características más llamativa de los voyeuristas es que habitan en cualquier extracto social. No tienen distingo de clases. Desde el millonario que espía a la criada, hasta el borrachito que se arrastra por la yerba de un parque para ver un pedazo  de nalga.

Tampoco escapan las religiones. Existen numerosos casos de curas que se han convertido en verdaderos profesionales mirando huecos y pastores evangélicos que han hecho historia debajo de las escaleras. 

En Cuba la costumbre ha ido pasando de generación en generación. El niño aprende escuchando los cuentos de familia: el tío que miraba desde el techo, el primo que trepaba un árbol, el vecino que no pifiaba una ventana, etcétera. 

Y como al niño no se le reprime por esta actividad, vista incluso con cierta admiración al igual que el contacto sexual con los animales, adquiere facultades asombrosas. 

Desde pequeño el menor  sabe que debe ser furtivo, silencioso, y que los tejados, los callejones oscuros, y las casas viejas, son sus mejores aliados. Por eso nada emociona más a un adolecente cubano que una casa de madera con varias jovencitas adentro. Es feliz  al ver las frágiles paredes soportando el tejadillo inclinado y  sus ventanas estropeadas por la humedad, Ahí está el detalle, como decía Cantinflas.

Él, llegado el momento, buscará en el carácter relativo de los colores intermedios — entiéndase  
penumbra —  el remanso complaciente de la imaginacion. Sin importarle los riesgos o las endemoniadas esperas. Un mirahueco juicioso y bien entrenado es digno de admirar.

El voyeurismo no es, como algunos especialistas se empeñan en definir, una ":patología psicológica". Sino más bien  un empeño  social de quienes , eludiendo los compromisos,  prefieren una relación visual. Y si el voyeurista es evasivo en su conducta, es como respuesta a las caras de los chismosos que,  en los portales,  sonrien maliciosamente cuando lo ven pasar.  

Y seré franco. Yo, como cualquier joven cubano, también cometí mis pecadillos en este sentido. Por eso me siento obligado a narrar, al menos, una experiencia personal. De lo contrario sería un hipócrita.

Fue  gracias a  mi tía Lourdes, —  utilizo un nombre ficticio porque mis primas leen el blog — que obtuve mi primera  victoria. Recuerdo  que después de varios años sin ver a su hermana (mi madre)  tía vino a casa a pasar una semana de vacaciones. Sola; su único acompañante fue el aire de vida que encarnaba  un ánimo construido para las excitaciones.

Ella rondaba los treinta y cinco. Yo apenas doce. No era bonita. Sin embargo, sus grandes ojos verdes salvaban el rostro de ojeras negruzcas, con cierto aspecto simio por la distancia de la nariz a la boca, y la boca a la quijada. Además de aquella sonrisa, entre alegre y amargada, que despedía  llamaradas muy fácil de adivinar. 

Recuerdo como si fuera hoy el día del terrible combate bajo una sensación de culpa que aún subyace dentro de mí.

Comencé temprano los preparativos. El baño de la casa estaba contiguo a mi habitación y eso facilitaba las cosas. Como un loco busqué un destornillador. Entreabrí una tabla vieja rajada por un clavo rebelde. Y en poco tiempo el escenario quedó preparado. Estaba listo para mirar el cofre sellado donde  tía guardaba sus delicias secretas. 

Así pude observar por primera vez una revelación erótica de carne y hueso. Mi  escasa experiencia se limitaba a fotos de revistas viejas y a cuentos de niños mayores que yo.

 Fue fascinante ver como la luz del baño, sorpresivamente, daba la sensación de no tener realidad; mientras que mi cuarto oscuro, invadido por la claridad de la luna,  parecía un inmenso sepulcro.

El ritmo de mi respiración se volvió de repente fraudulento. Hasta que llegó el momento que no pude con mi cuerpo. No obstante, la extraña visión revoloteaba dentro de mí, como un pájaro en una jaula que se desvencija, pero ansiando volar por encima de las nubes. Abandonaba así, mi marcha inocentísima.

De aquella escena guardo mil borradores en  mis totales, que de un solo golpe, pueden devolverme el espacio íntimo de una cosecha clandestina cada vez  más distante.

Todavía, a pesar del kilometraje de mi vida, cuando paso y veo unas piernas bonitas me detengo con disimulo como hace tantos años, y comparo. Tengo el terrible defecto de seguir viéndome joven interiormente y resulta que ya no lo soy.

Me delata el cuello, los labios que han empezado a retroceder, a retirarse, como un animal vencido. Ya muy pocas cosas de mi cuerpo pueden resistir el escrutinio.

Lo mismo debe suceder con la tía. Dicen que sus ojos son irreconocibles. Usa tres lentes distintos. Para leer, para mirar de lejos y para mirar de cerca. Sus bellos ojos dejaron de ser parte de su personalidad, siempre con los vidrios precediéndola. 

Los escritores y filósofos españoles se ufanan cuando dicen que España enseñó el evangelio en Cuba. Y es cierto. Fue algo positivo. Sin embargo, jamás hablan  del voyeurismo que subrepticiamente introdujeron.   ¿Les dará pena? ¿ O es que acaso no han entendido que mirar huecos es un oficio como cualquier otro? 

De todas formas, los voyeuristas cubanos  continuarán con su difícil labor aunque no reciban reconocimiento social. Sencillamente porque existen oficios que se llevan en el alma.