Si vas para Cuba





Cada cual cree vivir por su cuenta, en virtud de razones que supone personalísimas. Pero bajo esa superficie, funcionan los alisios de la conciencia. Soplos descomunales que indican la dirección o el rumbo que vamos tomando.

  Los cubanos que viven fuera de la isla, por esta particularidad, han asumido posiciones diferentes  a la hora de evaluar el regreso a Cuba.“Debemos amar a nuestro país aunque nos trate injustamente”  decía Voltaire


Muchos de los que abandonaron el país han  resuelto volver de visita. Lógicamente sin banderas. Porque al ir, cada minuto de ideales se convierte en humillación.
  
Alguien que nunca verás decide si puedes entrar o no. Lo que debes llevar. Y el costo del viaje según sus parámetros exclusivos.  Este controlador posee un enlace muy especial. Nadie sabe quién es. Tampoco sabrás  por qué te ha prohibido la entrada. Es un cachanchán el que recibe y regresa los papeles.  

 Otros, en su mayoría emigrantes económicos, retornan al cumplir el primer año de estadía en el extranjero. Es natural.  Con ese fin vinieron. Lo vergonzoso es que algunos se atrevan a decir que los escrúpulos puntillosos del régimen hoy son más compasivos. 

Por último una terca minoría que, como yo, ha renunciado a regresar por las hendijas, por la puerta del fondo. Somos los jadeantes soñadores que no entramos sino es por la puerta grande. Una cultura  muy próxima a la rebeldía.
El que va, por lo general, se ampara en una gigantesca coreografía familiar. Entiendo que es difícil dar la respuesta más digna a la desesperación creada por la tragedia cuando del otro lado  existe tanta miseria. Sin embargo, coloco un  “NO” rotundo al dispositivo imaginario que supone una identificación engañosa con la familia. 
 No desapruebo a quienes viajan  por razones humanitarias. Lo malo es que casi siempre estos encuentros se convierten en derroche, en cumbancha,en exhibicionismos groseros que sólo refuerzan las arcas de la tiranía. 

Cuando uno lee algunas informaciones al respecto se le erizan los pelos. Hoy por hoy, es el exilio cubano quien prácticamente sostiene la economía del régimen. ¿Quién se lo iba a imaginar?

Tan solo en el primer semestre de 2016 visitaron a la isla 2 millones 147 mil turistas de los cuales, el segundo componente después de Canadá son los cubanos exiliados que incrementaron las visitas en un 61%. Estas cifras son del propio gobierno cubano. Y ahora viene la fiebre de los cruceros. ¡Chúpate esa mandarina!

Esto sin contar las remesas familiares que ya sobrepasan los 2.77 billones de dólares. De acuerdo con un  estudio de The Havana Consulting Group (THCG), el monto de dinero enviado hacia Cuba creció en más 6.57 por ciento con relación al año anterior.
El estudio se sustenta en análisis múltiples que incluyen la base de datos de facturación del comercio minorista en divisas, el monto de los envíos de remesas a Cuba por vías oficiales, el estimado de las entradas informales de dinero y los gastos de visitantes en la isla. 

Y no es cierto que el turismo ayude al cubano normal. Salvo la medicina, el vestidito o los frijoles en lata que pueda recibir la familia. Está comprobado que sólo beneficia a grupos específicos. La prueba está en el aumento desmedido de los nuevos ricos comunistas, producto de la malversación autorizada en el sector. 

Sabemos que a través de un sofisticado sistema bancario del Banco Financiero Internacional (BFI) se están enmascarando  cuentas en España, Panamá y Suiza, fundamentalmente; con el beneplácito de los que dirigen el país. El sistema establecido es muy sencillo: "Robemos, pero no dejemos robar".  

El sedimento depositado bajo este fondo social ha creado una nueva forma de  vida. Hoy, una buena parte de los cubanos  piensa que es  mejor tener un familiar en el exterior que conseguir un buen trabajo. Esta tendencia tiene sus frases prefabricadas.

— Cuando vengas trae esto…

—  No te olvides de aquello…

 — Recuerda que aquí no se consigue nada…

— El mes que viene es el cumpleaños de la niña y estamos desesperados. El Día de la Quinceañera  sucede sólo una vez en la vida…

— El niño se ha vuelto muy presumido. Como sus amiguitos usan zapatos de marca…

— Si no fuera por el dinerito que nos mandas…

— Para algo es la familia...

La idea de una coexistencia diaria con el esfuerzo ya suscita un sentimiento de angustia y tiende a desaparecer. Desgraciadamente, esta intimidad espontánea es una compensación individual que ayuda a ignorar la tiranía.

Si buscamos un punto de apoyo, un hueco donde albergar este fenómeno, sólo divisamos una época mirando a otra, desde la perspectiva de sus años, buscando incesantemente un milagro para alivianar la fatalidad. 

Cuba es una especie de país animal, donde la mano del líder, mejor dicho, el peso de la mano, lo ha trastocado todo. Incluso las costumbres. La señorita y el joven son distintos, y lo que, ¡ay! es peor, las madres se han convertido en otras. Los que llevamos muchos años afuera, ya nos separa hasta el estilo.  A veces, apenas nos reconocemos.

   Da la sensación que lo prudente dentro de Cuba es esperar  que mueran los Castro, que desparezcan sus contemporáneos, que sucumban quienes los sustituyan o, si no,  esperar por la benevolencia de los bisnietos.  Pero lo mandatorio es esperar. No importa el tiempo. Cinco años más. Diez, veinte. Total,   para un buen esperador un siglo es una bicoca.


“Los cambios se sucederán lentamente, lo sé, 
pero tendrán que pasar décadas para que esta realidad, 
la que he vivido sin perderme un solo capítulo, cambie de color”
 Wendy Guerra “Domingo de Revolución” (pág. 183)