Roberto Clemente: el grande, grande

Aquella tarde el sol no quiso morir temprano. Tampoco lloviznó. Sin embargo, en Santurce, los rayos poseían el húmedo sabor anticipado de la lluvia. Corría el año 1948 y un visitante muy especial llegaba al estadio Sixto Escobar escoltado por una pequeña comitiva. Su nombre, Al Campanis,  gerente general de Los Ángeles Dodgers (de 1968 a 1987) y manager del equipo de Cienfuegos en Cuba durante varios años.

Campanis se encontraba trabajando en ese tiempo como cazatalento de los Brooklyn Dodgers y visitaba a Puerto Rico para observar el trabajo de algunos jóvenes. En Santurce 60 prospectos soñaban con firmar para las Grandes Ligas.

 Entre bostezos y cafecitos iba muriendo la tarde sin que nadie lo impresionara. De pronto un disparo hacia el home, desde el jardín central, lo paró del asiento como impulsado por un resorte. 

— Llámame a ese muchacho — Le dijo a su ayudante.

¿Te atreves hacer una demostración? — Le preguntó al joven.

Claro — Respondió.

Campani llamó a un lanzador de Ligas Menores y le dijo: — Tíraselas todas afuera — Mientras el muchacho esperaba en la jaula. Y aunque los lanzamientos no se aparataron del borde del plato, las bateó todas.  

Muchos años después Campanis confesó en una entrevista:

Bateó Line Driver por todas partes mientras yo, al otro lado de la jaula, me decía que teníamos que contratarlo. ¿Cómo podía dejarlo pasar? Era el más grande atleta natural que vi en mi vida como agente independiente.

Roberto Clemente ha sido el más grande de los nuestros, creo yo. El más completo. El hombre que los entendidos ponen al mismo nivel de Willie Mays y Michey Mantle.

Fue el primer jugador latino elegido para el Salón de la Fama del Béisbol. Primero en ganar un título de Serie Mundial. Además del más valioso (MVP) en esa misma competencia.

  Ganó dos Series Mundiales con los Piratas de Pittsburgh; equipo para el que jugó su vida profesional. Se hizo acreedor de doce "Guantes de Oro", lo cual lo sitúa como uno de los mejores jardineros derechos de la historia. Además de haber logrado la codiciada cifra de 3.000 hits.

 Su diferencia con otros latinos de buenos rendimientos, es que Clemente  obtuvo logros bajo una enorme presión social. Recordemos que el veto en el béisbol para los afrodescendientes recién desaparecía y aún quedaban reminiscencias de discriminación racial en todos los aspectos de la vida en Estados Unidos.

— “Estoy entre dos mundos, así que cualquier cosa que haga me afectará porque soy negro y porque soy puertorriqueño”

Un accidente automovilístico el 30 de diciembre de 1954 lo afectó considerablemente. Venía de Ponce con su hermano Justino en su auto y al pasar un semáforo, alguien en estado de embriaguez, lo invistió. La afectación de tres discos de su cadera hizo que el dolor de espalda no desapareciera jamás de su vida.

No obstante, en la temporada de 1956, su segunda en Grandes Ligas, bateó un jonrón diario durante 8 días consecutivos y promedió  357.  

Es importante señalar que Clemente también poseía una gran sensibilidad artística y social. Estudió cerámica, escribía poemas y practicaba la música.

Soy un puntito ante los ojos de la luna llena.
Sólo necesito un rayo de sol para calentar la cara.

De su poema ¿Quién soy?

Hizo muchas obras de caridad y siempre  fue solidario con su gente. Poseía una especial vocación de servicio. Dicen los que le conocieron personalmente  que era mejor ser humano que pelotero. Y eso es mucho decir.

Esa sensibilidad salió a flote  apenas se enteró del terrible terremoto de Nicaragua  que  en 1972 produjo más de 10 mil muertos.

Apenas supo de la tragedia, y por su propia cuenta, se dedicó a recolectar ayuda. Buscó por aquí, por allá, habló con este, con el otro  y en corto tiempo logró recaudar más de 150 mil dólares y 26 toneladas de ropa. Y a pesar que la familia le insistió  para que no hiciera el viaje y  enviara el cargamento como comúnmente se hace en estos casos,  se empeñó en ir.

En la noche del 31 de diciembre de 1972 a las 9 y 23 abordó un avió DC7 con destino a Nicaragua, sin imaginar que el destino le jugaría una mala pasada. Y apenas salió de San Juan el aparato se precipitó al mar. Según el reporte oficial la caída se debió al  exceso
  de carga. El cadáver de Roberto Clemente nunca fue encontrado.

Su muerte conmocionó al mundo deportivo. Había muerto el grande, grande. Los más afectados, sin dudas,  fuimos los fanáticos del Caribe. Habíamos perdido a nuestra mejor joya. Porque Clemente ya no sólo le pertenecía a la Isla del Encanto, sino a todos los caribeños. 

Su manager en los Piratas, Bobby Bragan, cuando se enteró de la tragedia dijo:

Con la muerte de Clemente sentí el mismo vacío en el estómago que cuando me enteré del asesinato del Presidente John F Kennedy. 

En 1973  Roberto Clemente fue exaltado al Salón de la Fama, en Cooperstown, siendo el primer pelotero latinoamericano en recibir dicho galardón. Además, las Grandes Ligas decidieron instituir el “Premio Roberto Clemente” que se otorga cada año al pelotero que realiza más labores destacadas en el deporte y la sociedad. Mientras que en Puerto Rico fue declarado el mejor atleta del siglo XX.

En 2002 el presidente George W Bush le entregó a su esposa Vera Zabala la Medalla presidencial de  la Libertad en honor a Clemente. Cabe destacar que este es el honor más alto que puede recibir un civil en este país.

Quiero concluir con una referencia personal. A mí, particularmente, me dio mucha alegría cando vi jugar a Yasiel Puig en su primera temporada con los Dodgers de Los Ángeles. Me pareció un fenómeno poco visto en el béisbol.

En aquel momento me dije:¡Al fin los latinos vamos a contar con otro Roberto Clemente! Olvidándome de un viejo adagio japonés que siempre llevo conmigo:

 “La disciplina vale más que el talento”— Y ahí lo dejo. 

Hoy tengo la sensación que Roberto Clemente es irrepetible.

¡Honor al grande, grande!