Dolor de patria

Soy este
que va a mi lado sin yo verlo;  
que, a veces, voy a ver,  
y que, a veces, olvido. 
El que calla, sereno, cuando hablo,  
el que perdona, dulce, cuando odio,  
el que pasea por donde no estoy,  
el que quedará en pie cuando yo muera.

Juan Ramón Jiménez 
(Yo no soy yo)


Pertenezco a un exilio de ausencias hirientes, caduco, lejano.  Asumí el castigo como ciertas especies para alcanzar el otro bando de caminantes. Quise ir en busca de los perfiles de la luz,  del oxígeno de  la libertad,  sin tener en cuenta los azotes de la memoria.  Luego, entre lloros y palabras, el discurso  construyó  un imaginario sin necesidad de sepultarme en el círculo seco del futuro. Hoy aplaudo haber salido.

 Con la fe diluida  como tantos cubanos, fui confinado al absurdo de los raros contextos, a la manera menos próxima, a extrañas jergas.  Y con  el alma encerrada en paredes de distancia y el aire enfermo de omisión, sin entender siquiera los gritos que pasaban muy cerca, soñé con explosiones de tonos verdes y rojos encendidos. A veces de las tinieblas  salen preludiando las aves de la ilusión.
  Viví de sueños que me obligaron a seguir. Ellos  trazaron su propia órbita inalterable, aunque nadie los protegiera del orden temporal. Así superé el primer año, el siguiente, y otras docenas. Los exiliados siempre esperan en el mismo suelo insubstancial, breve,  esperanzador;  porque los ancestrales mensajes reinventados vuelven una y otra vez bajo la marcha fúnebre de los argumentos.

  Con el tiempo  el exilio — no todo — aprendió a morir en el resplandor de los fuegos apagados sin dejar de vislumbrar la coloración de la bandera. Son los equilibrios indescifrables de la patria. Prefiriendo la armonía dispersa, inútil a veces, antes que el eco de las voces con antifaz. Sobre todo cuando la ondina aparta los cristales y escudriña las tribulaciones de la isla.  

Es posible que nuestro naufragio termine sin sobrevivientes y nos toque partir con la herida abierta. Esa que a veces se esconde, pero ante el menor ademán, vuelve a chorrear, jamás sana. Tantos se han ido.

De la desamparada expectativa nacieron días idénticos a nubes, cosas gráciles, visibles penumbras. Sobrellevamos en silencio el dolor de  nuestros difuntos. ¿Por qué siempre es mínima la parte de la vida que de los héroes rescatan los poetas? 

Si alguna vez salta la gloria y calla el concierto de horror que entona Cuba, debemos lanzar al mar flores de hierro, resonantes como puño de hombre, para que los nuestros logren sentir el final de la pesadilla. Un solo jazmín puede derrumbar el infierno íntimo de las abstracciones.

 Será entonces  cuando el viento que exime al paisaje con sombras caducas y decapitadas, lleve el sonido de las olas hasta el fondo del amor que nadie ha visto.



De nuestros difuntos


– Pedro Luis Boitel      2 – Huber Matos Benítez     3 - Mario Chanes de Armas    4 - Orlando Zapata Tamayo      5 - Laura Pollán      - Andrés Nazario Sargent      7 - Oswaldo Payá Sardiñas      8 - Francisco Robaina Domínguez (Machete)   9 – Vicente (el Guajiro) Méndez   10 - Arnoldo Martínez Andrade  11 – Mario Manuel López (Manolito el Loco)  12 – Guillermo Cabrera Infante 13 - Reinaldo Arenas Fuentes